domingo, 6 de septiembre de 2009

Tormenta del alma



Esta tarde llueve a cántaros. Como crecí en el desierto siempre me parece fascinante ver llover de esta manera. Lluvia ensordecedora con truenos y viento. Y yo con una taza de café mirándolo todo por la ventana. Un poder de la naturaleza, como un pequeño huracán que agita ferozmente las copas de los árboles y truena haciendo retumbar en sus centros la tierra. Es una visión.

Anoche tuve una visión. Después de varios litros de pulque que compré en Teotihuacan (que es como decir la bebida de los dioses que compré donde ellos nacieron), unas horas de risa y amigos y la consecuente sensación de que en verdad el mundo está en su sitio, tuve una visión maravillosa: de las cenizas de la tristeza vi a una mujer florecer de pronto, inesperadamente, en mis manos. Fue tan intempestivo que sólo de pensarlo la cabeza me da vueltas, sorprendente y hermoso como un delicado milagro.

Pienso que la vida hay que caminarla, o en su defecto al menos ponerse en su camino. Ver qué nos pasa estando vivos. Creo que es común suponer que podemos adiestrar la vida, ponerle silla de montar y riendas y cabalgar sobre ella a donde suponemos que está, no sé, la felicidad, el amor, la gracia, el éxito, la compasión o lo que sea que andemos buscando. Pero de un tiempo para acá estoy seguro de que en realidad al intentar domesticar la vida terminamos domesticándonos a nosotros mismos. Nos marginamos estrechamente y lo único que sucede es que la vida nos pasa de largo. Y no se trata de ser un experimentador o un temerario aventurero que busca los límites de la experiencia, no es necesario, con tan solo abrir los ojos y no tener miedo sería suficiente.

Pero el miedo es lo común. Encuentro que las personas viven su vida haciendo hasta lo imposible por no sentir miedo, por sacudirse la incertidumbre, endureciendo todas sus posturas para sentir algo de control en la tormenta de sus vidas. Y terminan por padecer exactamente aquello que tan arduamente han intentado evitar: se llenan de miedos no resueltos, la menor incertidumbre los enloquece, se pierden del paisaje, el viento y el canto de los pájaros por estar obsesionados con mirar el mapa.

Anoche caminamos fuera del mapa y el resultado fue estremecedor. Como pasear sin paraguas bajo una tormenta indomable que lo agita todo, que nos lava el lodo del tiempo, las costras viejas de batallas perdidas, que se lleva basura y arrastra capas y capas de sueños marchitos. Y bajo ellos un tallo verde que germina, que florece delicado, aterido y mudo de sorpresa.

Esta tarde llueve una tormenta como esa, y yo satisfecho, café en mano, observo el milagro por la ventana.

1 comentario:

  1. Me en-cantó!!! Después de conocer a alguien que vive sin miedo, yo he decidido "vivir" la vida. Lo que llega a cada momento es lo que vivo, disfruto, agradezco, trasciendo. O al menos en eso pongo mi empeño. Y en cuanto a la lluvia, cuando me es posible saco muebles o lo que se pueda mojar, hasta saco mi cuerpo cansado y lo pongo bajo esa lluvia de bendiciones, de besos amorosos.
    Sigue escribiendo, que pones delicioso condimento a "la Vida".

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