sábado, 5 de octubre de 2013

Días de Naufragio



Hay días de naufragio
días de vértigo mal logrados
Hay días que nos roban el suelo
días que nos tiran el cielo

Es en días como estos que se ponen a prueba los ojos
y las manos se reconocen una con la otra

Hay días malos en los que lo que uno quiere es echar una bengala para que vengan a rescatarlo
Hay días jodidos que lo que uno hace es salir al sol y que la paz lo recupere a uno

Pero hay días de naufragio
en los que uno se coge a la tabla de sí mismo a esperar un milagro

Días en que el frío viene de adentro
Días en los que una brisa se lleva el mapa y nos deja perplejos y solos

Días donde la tristeza ya da risa
porque el barco ya va a medio camino al fondo del mar
ese que tanto importaba hasta hace diez minutos
aquí en la superficie de la supervivencia ya no importa más

Casi es un alivio
un triste alivio
un trágico alivio
amargo y desolado alivio

ya no hay que remendar más velas ni tallar la cubierta
mi sextante que con tanto primor cuidé será ahora letrina para pepinos de mar
la tabla que hacía agua desde hace tiempo, y que me dije mil veces que mañana repararía, ahora es el menor de mis problemas

Sólo queda un trabajo
cogerse de la tabla a esperar un milagro
lo demás se va al fondo casi alegremente
lo que amé y cuidé y construí con mis manos se desdibuja bajo mis pies mientras se hunde

Me quedan los brazos y las piernas y esta tabla
una tabla más en mi vida
la primera con la que construiré un nuevo barco
como ya he hecho antes

Pero hoy es día de naufragio

martes, 25 de enero de 2011

Sirena de Panadería


Me relamía los bigotes con una charola de aluminio en una mano y una pinza de pan en la otra. Escogía con diligencia los tres o cuatro panecitos dulces que me llevaría para cenar, cuando la vi entrar a la panadería. Llevaba puesta ropa de gimnasio, un conjunto gris y unos tenis azules, tras de ella, emocionada por la promesa de harina azucarada su hijita de unos cinco años bailoteaba entre las estanterías. La vi apenas de reojo entre chocolatines, garibaldis y croissants hasta que noté que sus pants llevaban impresa la palabra “love” en cada una de las nalgas.

No sólo esta reiteración del amor, sino la protuberancia de esos lienzos finalmente pudo distraerme por completo del nueve que estaba a punto de poner en mi charola. Parpadeé furiosamente como se hace para protegerse de una repentina fuente de potente luz, y un poco para fijar ese breve pero insistente discurso impreso en tela en mi memoria. El desconcierto pasó pronto, dejé el nueve en su lugar para a partir de ese mismísimo instante cuidar mi figura y me dirigí al refrigerador de la leche.

Como un huracán la madre apuraba a la niña y en un santiamén puso en su charola el doble de pan que yo llevaba y se apuró a la caja. Llegamos casi al mismo tiempo, ella primero. Ahí, finalmente pude observarla bien, furtiva pero insistentemente.

Exudaba una sexualidad absurda, una desproporción del cachondeo en la caja de una panadería. Unas nalgas que desafiaban la gravedad, un talle diminuto, unos senos que miraban al cielo y parecían hablar con él. Pero al mismo tiempo llevaba la cara lavada, las cejas depiladas casi hasta la calvicie facial y la nariz cepillada con bisturí. Un rostro que parecía haberse borrado hasta dejar una hoja en blanco que volvía a dibujarse con maquillaje. Sus facciones, sin embargo, estaban seguramente en una bolsita con espejo en su bolso.

La niña bailoteaba tras de nosotros y dos veces le llamó la atención, la dependienta sacó una charola mediana de plástico para poner sus piezas de pan y ella la amonestó demandando una charola grande, resoplaba inquieta, malhumorada, porque yo la veía. Me di cuenta en un instante que mi presencia la incomodaba, como a mí la suya. Así que encantado relajé el cuerpo, me recargué en el barandal y disfruté de la incomodidad que le causaba intuir que la miraba, querer mirarme de regreso y descargar por ello su malhumor con la dependienta que se equivocó dos veces al contar las piezas de pan.

Le miré las manos y llevaba unas uñas de dos pulgadas, de colores caprichosos, con piedritas brillantes pegadas. El símbolo inequívoco de todas esas mujeres a las que había temido mi vida entera: una guapa cachonda con garras para arrancar corazones, con un rostro dibujado sobre la cara sin expresión y con la habilidad de regañar a un tiempo a la hija y a la empleada, y flirtear por encima del hombro. La intendenta empezó a ponerse nerviosa y estaba aquello tomando más tiempo del adecuado. Pude sentir cómo ella empezaba a enfurecerse, y supe de inmediato que no era el tiempo perdido en contar lo mismo varias veces lo que la irritaba, sino que ahí estaba ella parada frente a una cajera ineficiente, con sus nalgotas repitiendo amor, con la niña evidenciando su edad y condición frente a un tipo que ya la miraba con descaro, divertido por su exasperación y un poco asqueado por ese rostro sin luz y que se preguntaba cómo podría marcar en un teléfono celular con esas uñas. La cajera le repitió el total dos veces, y aunque a mí también me pareció que había habido un error pues la suma era demasiado, ella con un gesto de disgusto y desdén le extendió un billete de quinientos pesos.

La cajera no tenía cambio, tuvo que abrir un cajoncito y sacar una bolsa de plástico, contar billetes y monedas, y yo todo el tiempo, en mi pose de guapo de balneario recargado con los brazos y los pies cruzados miraba la escena. Finalmente aquello ya tomaba tintes de comedia cuando la dependienta quiso contarle el cambio sobre la mano extendida. Y fue ahí, ya en la orilla del ridículo que ella volteó a verme directamente a los ojos. Tres eternos segundos nos vimos directamente al alma. Vi infiernos ardientes y prados verdes, lejanas infancias y mundanas pasiones, anhelos rotos e ilusiones que ya rayaban en la ambición. Una mirada que lo mismo era un rayo helado de disgusto, que una disculpa, que una súplica. Tres segundos de sorprendente intimidad donde dos viejos capitanes de barcos llenos de fantasmas, velas raídas y tripulaciones incompletas se entendían y reconocían en la fila del pan.

Hice un gesto diminuto, estoy seguro. Una fracción de sonrisa, un relajamiento de los hombros, una traza de ternura en la mirada porque ella miró al suelo, se relajó y sonrió mientras acababan de ponerle el dinero en la mano. La niña quería llevar la charola, pero la mamá insistió en que mejor llevara la bolsa con las baggetes. Abrió el bolso, sacó el monedero y con parsimonia y gracia metió ahí el dinero, disfrutando al fin que la mirara hacerlo. Lo colgó de su hombro, tomó la charola y se alejó hacia la puerta. Tomé mi charola y la acerqué a la caja.

-Buenas noches- dijo la cajera, pero yo olvidé mis modales. No le contesté porque en ese momento dos brasas negras me miraron de nuevo desde la puerta, y yo me acordé del miedo y del deseo que me acompañaron durante tantos años. Mil sirenas que amenazaron con perderme, mujeres sin rostro y sin voz, pero con nalgas amorosas que aparecían de vez en cuando en mi vida y en mis sueños, y que esta noche se personificaron en la panadería. Bendito el tiempo. Esta noche nos miramos a los ojos y todas ellas, viejas sirenas cansadas, todas ellas mis deseos, se exasperaron al fin con este Ulises.

Sonreí para mis adentros, negué imperceptiblemente con la cabeza. –Buenas noches- le dije a la cajera, y después de un silencio poco natural –¡Qué simpática niñita!-

-Muy linda- me contestó distraída mientras contaba mi pan por segunda vez.

martes, 4 de mayo de 2010

Don José, su madre y Carmen.


Mi mamá me mima
Mi mamá me ama
Mi mamá sabe lo que es mejor para mí
Mamá, no me dejes caer en tentación

Mi mamá me dice
Mi mamá me juzga
Mi mamá sabe leerme el pensamiento
Mamá, no me dejes pensar en lo que estoy pensando

Mi mamá me mira
Mi mamá me mata
Mi mamá sabe mis secretos
Mamá, no me pegues que sabré ser bueno

Mi mamá me toca
Mi mamá me arde
Mi mamá sabe quemar las entrañas
Mamá, no me hables más dentro de la cabeza

Mi mamá me odia
Mi mamá me coge
Mi mamá sabe que la odio
Mamá, no me dejes que me moriría

Mi mamá me calla
Mi mamá me pisa
Mi mamá sabe quitarme el gozo
Y me lo quita.

(texto preparatorio para cantar a Don José, amante y asesino de Carmen)

jueves, 25 de febrero de 2010

History of men


"History is a cyclic poem written by Time upon the memories of man." ~Percy Bysshe Shelley

Two weeks ago it was my birthday, and also the ninth anniversary since I took my first voice lesson. It changed my life. I left my job as chief designer in an architectural firm to pursue a dream in music. This dream that has asked sacrifice and immense effort, but has taken me around the world, while giving me the joy of the most beautiful music ever written by man. And sometimes, just sometimes, it has given me the chance to touch ever slightly a piece of glory.

So I went to see my first voice teacher a some days ago. That man who discovered before I did, that I had a rare instrument and that it would change my life when I discovered it. He was already an old man when we met, he is very very old now. He still teaches, and he is still very much active, lucid and strong… maybe a little bit more stubborn, but ever wiser.

He became, as the teachers of the body often do, a trusted and beloved man. A figure of revered authority who would pass on what he knew of this difficult craft, but as he did, he also passed on much of his life vision, of his learning as an honest man. Being born in Mexico City in the mid 20’s he had a long and vast experience. He traveled around the country as an actor and as a musician. He later toured the United States, singing in the most varied venues.

It was when he turned 50 that he started teaching singing. He said he taught for fifteen years before he felt ready to teach an opera singer. “And it took you another ten years to come across my door”, he told me one day when I had already sang my third opera and I was going away to further my career abroad. “Let me tell you my story, which is now your story” he said, “so that you know where you come from when you try your luck in the battle fields of this art”.

This is the story he told me as I remember it:

When he was a little boy he lived in the outskirts of the city, his family owned animals and he helped working their land after school. That place is a walking distance from the Zócalo, the main square of the city, and it’s actually part of the Centro now, back then it was “way out there”. When he was a teenager he used to play squash and was very strong. He had a job as a salesman in a gelatin factory. He would go to the factory very early in the morning, filled his bag with gelatin packets and walked the city from store to store selling.

One morning he was leaving one of this stores when a truck jumped over the sidewalk and ran him over. He was caught with one leg under the back tire. The driver heard him screaming and moved forward, and on doing so the tire ripped a chunk of his leg. My teacher spent many long months in the hospital recovering, (what he did, by the way, amazingly well for he still goes daily to the gym and runs in the treadmill for a little while). When he was released from the hospital he found himself without a job and recovering his former strength. He exercised thoroughly and learned how to walk again.

When he felt stable again he was looking for a job and ready to play squash with his old friends. He took his gear and was waiting for the bus that would take him to the sport center, when he saw a cousin across the street waiting for the same bus but in the opposite direction. He told him that he was going to a theater casting, and that he should come too. He was unsure about this, but the conversation with his cousin was good so he crossed the street to wait with him. When the bus came he jumped in not to follow him to the casting, but to continue the conversation. His first job as an actor was a sturdy and silent Roman guard holding a spear.

His career in the arts started, and he was an actor, a singer, a playwright, a poet, he was the culture director of a company so big that they own a city with the same name of the company, and finally he became a voice teacher.

“You must know”, he told me, “that this is your story also. So that when you come onstage and the lights descend upon you, and you open your mouth and Mozart and Verdi come out of it, and when the audience cheer your name… that a man in the late thirties had to be run over by a truck for you to be there”.

And here I am, arriving to a new city to sing again, to battle through this art as he always said, and I think of my old friend, his passion and generosity, and I realize quite well what it took for me to be here. I’m grateful, Jorge.

martes, 8 de diciembre de 2009

La Pérdida


A David Hevia



El alma se te vacía una gota a la vez
con un imperceptible titubeo
con la primera pérdida

te sabe a sangre
sorprendentemente horrible y dulce

Las manos se te paralizan
ya no con el candor de la inexperiencia
sino crispadas de duda
en el marisma de saber demasiado
o saber nada

Y la pérdida se te hace presente
se te instala detrás de los ojos
como la comezón del llanto
te roe

te ofreces a Dioniso
o a Morfeo
sin éxito

Repta la pérdida por tus venas endurecidas
arde por dentro
arañando los tejidos al recorrerte el cuerpo

Es el duelo
a eso se referían los libros
ahora sabes

¿Tan pronto?
Apenas ayer creíste que vivirías para siempre.

Pero vuelves a casa y te sostienes en el umbral
intuyendo que la bóveda está abierta
y el tesoro se ha ido

No es necesario comprobarlo
no es cuánto se pierde
es la resequedad

Como un martilleo en la cabeza
uno que adormece
aturde
enmudece

Es un reguero de vida
te dices
intuyes que es un reguero de vida
como si la experiencia fuera a serte útil más adelante
para hacerte sabio de café
abuelo interesante
o artista consistente

Ojalá

Porque maldita la hora en que te tocó crecer

Y ahora, sentado en tus cenizas,
vuelves al llanto primario
al de la infancia
cuando no tenías que ser hombre

Abandonado al ruego sordo 
a dioses distraídos
te retuerces las manos
huracán de dudas
te meces patético y triste

Solo

¡Qué obscuridad más penetrante!
Pegajosa
como una melodía simple
la rumias todo el día
y todas las noches

Pero sanas
un buen día sanas
por un rato
un reflejo ocupa tu atención
o un sonidito por la ventana
o una pequeña cortada en el dedo lavando trastes

Y la pérdida es completa
te pierdes a ti mismo del todo
el castillo de arena que hiciste de tu alma al fin se viene abajo
un par de olas crecientes se lo ha llevado todo

Y tal vez
sólo tal vez
ahí
como un niño perdido en las ruinas de tus fantasías
aparecerás tú mismo.

martes, 20 de octubre de 2009

eso quiero


quiero escribir mil veces una sonata

vuelvo mil veces a un nombre amado buscando cobijo

mil veces conjuro la risa de mi infancia buscando atenuar el espanto del tiempo

quiero la involución a la semilla

que fue mil veces promesa

que fue mil veces

que fue


no quiero volver a la tierra que fue mía

¡quiero la tierra que vuelva a mí!

que se acuerde de mi nombre

que me murmure una palabra amable mientras me cubre


no quiero desvanecer en la vanidad

quiero una estrella gorda de andar lento

una que sea un gozo seguir

como un presentimiento

como la voz de mi madre

como el silbido de mi padre


quiero recuperar los alientos extraviados

bajas de mi descuido

desandar un trecho y recolectarlos

no quiero esta hojarasca tenue plena de desvanecimientos

fantasmas de sueños muertos de frío

viejas mujeres adormecidas de esperar en la estación

cegados los ojos lagañosos

y el llanto seco


quiero un viento nuevo

el aliento de un niño apagando una vela

esta maldita nostalgia

que clama justicia

culpable

al pie del patíbulo


no quiero que se me restituya el pasado

no señor

¡quiero mis futuros!

mis brillantes futuros ahora perdidos


quiero una tregua al menos

un episodio de predictibilidad

mundano y soleado para andarlo descalzo

abrevadero de los pasos


tal vez esa paz quisiera

pero lo que es ahora quiero mis dones vivos

quiero el título de gran mariscal de campo de mis adentros

capitanear sonoras palabras

como un batallón de parturientas gimientes

quiero cabalgar mi voz a galope

al frente de una carga batiente y desesperada

como una inundación violenta

estrellarme contra esa infantería de indolencia


y quiero perder


quiero acabar otra vez tendido en el campo de mi alma

desangrándome muerto de miedo

gritando infamias y gimiendo súplicas

resultando vulgar entre los cuerpos de mis hombres

mortalmente herido de tiempo y de vida

con todos mis dolores agolpándose en mis ojos llenos de arena


quiero morir otra vez de rodillas

atravesado en el pecho como un cualquiera

blandiendo por última vez mi arte

mi pequeña burguesía

patético sable roto y escudo de madera

quiero exhalar un nombre amado

mi única compañía


y tenderme al fin

pudrirme a la intemperie un rato

agusanado de ira y desconfianza

despidiendo corruptas erupciones

nauseabundas frustraciones amargas que el viento propaga


rendirme a Cronos

dejar de alimentarle dioses que me crecen en los muslos

permitir que me devore al fin


y el silencio


y de a poco

un tallo

un un delicado vello de vida

brotará de mi túmulo


eso quiero

jueves, 15 de octubre de 2009

Angry New York

New York is angry. People in the ferry, in the Subway and on the street are moody, prone to get pissed off easily. I’ve tried to understand why, where does it come from. A friend of mine who was born, grew up and lives here said that it might be because everyone here thinks they should be rich, and that they will actually be rich eventually… but that it really doesn’t happen and they feel cheated and just overall irritable about it.

And they are theatrical about it. They will shout and gesticulate, swear and puff and sweat about it. They are so often over the top that they become comical. Or maybe it’s just that where I come from it would be unthinkable to display this kind of annoyance. It would be unacceptably rude to just try to make a point with angry flares, but also where I come from displays of anger are indeed very close to real violence.

Yesterday I was about to sit down at a café and this man said “excuse me, I was sitting there”. There was nothing on the table, but I just moved aside and sat in the table next to it. He sat in the corner, and when he stood up to get some napkins he got caught with the chair that I pulled before when I was about to sit there. He made such a fuss, not to me, but towards the universe, as if a sudden plague had been bestowed upon him. He pushed the chair away angrily and swore. When he came back he slammed the table, pushed his plate noisily. He was angry, very angry at the world that was, all of it, getting on his way. I realized the deepness of this anger, how it has become a habit and an acceptable, even desirable behavior in New York. Parisians are famous for being moody… but I couldn’t tell, I’ve never lived in Paris. So I stood up with certain disgust and took my coffee with me.

A little while later I sat at an ice cream parlor to gently lick my green tea frozen yoghurt with pomegranate (and they say our countries are exotic), and I thought that indeed New York was a tough place, an angry, expensive, lonely place. But while I was ruminating the misery of having seen that angry man, and projecting into it my being poor and lonely something happened. A Buddhist monk came into the store to buy an ice cream. He stood there, looking at the chart of flavors and prices for a long while, while meditating his preferences (quite literally). I saw him with his yellow and brown clothes, his shaven head, his glasses, his green Crocs and his hands gathered behind his back. There was nothing unusual until I paid attention to his hands. His fingers were wiggling with the childish joy of expectation, the happy foresight of sweet ice cream. A coveting Buddhist monk! And then, before he actually made his mind, no less than fifteen other monks stormed into the parlor, men and women, all of them quiet, very holy… and with wiggly fingers and toes about ice cream.

They all ordered, got their exotic flavored sweets and sat around me. And while we were all licking away I noticed something wonderful, something breathtaking: everyone was happy. They were not loud about it, just calmly, softly, kindly blissful.

I laid back and rethought all I thought I knew about New York. I rethought all I thought I knew about being angry. I rethought all I knew about my petty miseries. But above all I rethought deeply, seriously, all I thought I knew about ice cream.