martes, 25 de enero de 2011

Sirena de Panadería


Me relamía los bigotes con una charola de aluminio en una mano y una pinza de pan en la otra. Escogía con diligencia los tres o cuatro panecitos dulces que me llevaría para cenar, cuando la vi entrar a la panadería. Llevaba puesta ropa de gimnasio, un conjunto gris y unos tenis azules, tras de ella, emocionada por la promesa de harina azucarada su hijita de unos cinco años bailoteaba entre las estanterías. La vi apenas de reojo entre chocolatines, garibaldis y croissants hasta que noté que sus pants llevaban impresa la palabra “love” en cada una de las nalgas.

No sólo esta reiteración del amor, sino la protuberancia de esos lienzos finalmente pudo distraerme por completo del nueve que estaba a punto de poner en mi charola. Parpadeé furiosamente como se hace para protegerse de una repentina fuente de potente luz, y un poco para fijar ese breve pero insistente discurso impreso en tela en mi memoria. El desconcierto pasó pronto, dejé el nueve en su lugar para a partir de ese mismísimo instante cuidar mi figura y me dirigí al refrigerador de la leche.

Como un huracán la madre apuraba a la niña y en un santiamén puso en su charola el doble de pan que yo llevaba y se apuró a la caja. Llegamos casi al mismo tiempo, ella primero. Ahí, finalmente pude observarla bien, furtiva pero insistentemente.

Exudaba una sexualidad absurda, una desproporción del cachondeo en la caja de una panadería. Unas nalgas que desafiaban la gravedad, un talle diminuto, unos senos que miraban al cielo y parecían hablar con él. Pero al mismo tiempo llevaba la cara lavada, las cejas depiladas casi hasta la calvicie facial y la nariz cepillada con bisturí. Un rostro que parecía haberse borrado hasta dejar una hoja en blanco que volvía a dibujarse con maquillaje. Sus facciones, sin embargo, estaban seguramente en una bolsita con espejo en su bolso.

La niña bailoteaba tras de nosotros y dos veces le llamó la atención, la dependienta sacó una charola mediana de plástico para poner sus piezas de pan y ella la amonestó demandando una charola grande, resoplaba inquieta, malhumorada, porque yo la veía. Me di cuenta en un instante que mi presencia la incomodaba, como a mí la suya. Así que encantado relajé el cuerpo, me recargué en el barandal y disfruté de la incomodidad que le causaba intuir que la miraba, querer mirarme de regreso y descargar por ello su malhumor con la dependienta que se equivocó dos veces al contar las piezas de pan.

Le miré las manos y llevaba unas uñas de dos pulgadas, de colores caprichosos, con piedritas brillantes pegadas. El símbolo inequívoco de todas esas mujeres a las que había temido mi vida entera: una guapa cachonda con garras para arrancar corazones, con un rostro dibujado sobre la cara sin expresión y con la habilidad de regañar a un tiempo a la hija y a la empleada, y flirtear por encima del hombro. La intendenta empezó a ponerse nerviosa y estaba aquello tomando más tiempo del adecuado. Pude sentir cómo ella empezaba a enfurecerse, y supe de inmediato que no era el tiempo perdido en contar lo mismo varias veces lo que la irritaba, sino que ahí estaba ella parada frente a una cajera ineficiente, con sus nalgotas repitiendo amor, con la niña evidenciando su edad y condición frente a un tipo que ya la miraba con descaro, divertido por su exasperación y un poco asqueado por ese rostro sin luz y que se preguntaba cómo podría marcar en un teléfono celular con esas uñas. La cajera le repitió el total dos veces, y aunque a mí también me pareció que había habido un error pues la suma era demasiado, ella con un gesto de disgusto y desdén le extendió un billete de quinientos pesos.

La cajera no tenía cambio, tuvo que abrir un cajoncito y sacar una bolsa de plástico, contar billetes y monedas, y yo todo el tiempo, en mi pose de guapo de balneario recargado con los brazos y los pies cruzados miraba la escena. Finalmente aquello ya tomaba tintes de comedia cuando la dependienta quiso contarle el cambio sobre la mano extendida. Y fue ahí, ya en la orilla del ridículo que ella volteó a verme directamente a los ojos. Tres eternos segundos nos vimos directamente al alma. Vi infiernos ardientes y prados verdes, lejanas infancias y mundanas pasiones, anhelos rotos e ilusiones que ya rayaban en la ambición. Una mirada que lo mismo era un rayo helado de disgusto, que una disculpa, que una súplica. Tres segundos de sorprendente intimidad donde dos viejos capitanes de barcos llenos de fantasmas, velas raídas y tripulaciones incompletas se entendían y reconocían en la fila del pan.

Hice un gesto diminuto, estoy seguro. Una fracción de sonrisa, un relajamiento de los hombros, una traza de ternura en la mirada porque ella miró al suelo, se relajó y sonrió mientras acababan de ponerle el dinero en la mano. La niña quería llevar la charola, pero la mamá insistió en que mejor llevara la bolsa con las baggetes. Abrió el bolso, sacó el monedero y con parsimonia y gracia metió ahí el dinero, disfrutando al fin que la mirara hacerlo. Lo colgó de su hombro, tomó la charola y se alejó hacia la puerta. Tomé mi charola y la acerqué a la caja.

-Buenas noches- dijo la cajera, pero yo olvidé mis modales. No le contesté porque en ese momento dos brasas negras me miraron de nuevo desde la puerta, y yo me acordé del miedo y del deseo que me acompañaron durante tantos años. Mil sirenas que amenazaron con perderme, mujeres sin rostro y sin voz, pero con nalgas amorosas que aparecían de vez en cuando en mi vida y en mis sueños, y que esta noche se personificaron en la panadería. Bendito el tiempo. Esta noche nos miramos a los ojos y todas ellas, viejas sirenas cansadas, todas ellas mis deseos, se exasperaron al fin con este Ulises.

Sonreí para mis adentros, negué imperceptiblemente con la cabeza. –Buenas noches- le dije a la cajera, y después de un silencio poco natural –¡Qué simpática niñita!-

-Muy linda- me contestó distraída mientras contaba mi pan por segunda vez.

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