Pienso en mi hermano, que vive en el corazón de Francia y tiene la cabeza metida en una cubeta llena de números, tiene las piernas persiguiendo un balón y subiendo montañas, las manos en una guitarra y el corazón en Elsa. Pienso que nunca he viajado con él, lo cual es sorprendente considerando la cantidad de veces que ambos hemos viajado por nuestra parte. Mochilas hemos comprado y gastado hasta volverlas harapos de tantos países, ciudades, pueblitos, camiones, aviones, barcos y trenes… pero nunca las hemos gastado juntos. Es raro. Inadecuado. Por fortuna remediable.
Y pienso en ese otro hermano, uno que la vida me trajo como si me lo hubiera traído el mar a mis costas. Mi tocayo. Ese con el que sí he viajado muchos viajes, algunos en coche y bajo un sombrero, otros interiores entre lágrimas y vasos de vino. Ese amigo cumplió años hace unos días y lo celebramos tres veces. Y yo lo miro ser y crecer con detenimiento.
Él quiere irse a otra parte, a empezar de nuevo en otro lugar, uno que le sea más fértil y más sano. Y cuando me contaba que le hacían ofertas de trabajo en penínsulas lejanas me dijo que en esta ciudad inmensa ya no le quedaba nada, que amaba a su familia y a sus hijos, pero que estaba con los ojos ya puestos en otra parte. Confesó que lo único que verdaderamente habría de extrañar de esta ciudad que lo vio nacer y crecer era a mí. Un honor inesperado. Se lo agradecí con un abrazo, aunque me tomó dos días que me cayera el veinte de la dimensión del privilegio.
Y es que somos guerreros. Poderosos compañeros de infinitas batallas. De conquistas y derrotas que nos han moldeado como quien esculpe troncos con machete. Sólo porque estuvimos ahí.
Yo estuve ahí cuando tuvo éxitos extraordinarios en la universidad, cuando fue admirado y venerado por grandes pensadores antes de siquiera cumplir 25 años. Yo estuve ahí cuando prefería llegar a mi casa a cenar Maruchan y ver Friends que llegar a su casa donde su madre enferma le enfermaba el alma. Yo estuve ahí cuando por fin puso su propio departamento. Yo estuve ahí cuando conoció en mi casa a la que sería su esposa. Yo estuve ahí cuando supieron que estaban embarazados, fui el primero al que llamó y con quien padeció el miedo, el coraje, la angustia, la indecisión. Yo canté en su boda. Yo estuve en el hospital cuando nació su precioso hijo. Yo estuve ahí cuando se salió del rubro de trabajo que amaba para montar un negocio con su hermano. Yo estuve ahí cuando perdieron el negocio. Yo estuve ahí cuando él y su esposa decidieron que querían tener una experiencia sexual con otra pareja. Yo estuve ahí cuando a las 5:30 am me llamó desmoronado porque su esposa lo había dejado. Yo estuve ahí cuando le llegaron los papeles del divorcio. Yo estuve ahí cuando se dio cuenta que no había hecho las cosas bien y que no era víctima, sino responsable de su suerte. Yo estuve ahí cuando murió su papá, le miré el duelo. Yo estuve ahí cuando encontró a una amante que lo trataba bonito, yo estuve ahí cuando decidió terminar con ella, yo estuve ahí cuando ella le anunció más tarde que estaba embarazada, fui el primero al que llamó y con quien padeció el miedo, el coraje, la angustia, la indecisión. Yo estuve con él cuando nació su hija y él no quiso ir al hospital y quería pelearse con alguien. Yo estuve ahí el día que finalmente fue a verla. Yo estuve ahí el día que regresó de ver a su hija con el alma henchida de amor. Yo estuve ahí cuando le dieron un trabajo en lo que realmente quiere hacer. Estuve ahí cuando ese empleo se terminó y le sobrevino la angustia financiera.
Así que estuve ahí en su cumpleaños hace unos días, sólo para verlo ser entre sus hijos, con sus hermanos y su mamá, con su soledad y sus dudas. Cociné pizzas para todos y lo pasamos bonito.
Y hoy pienso en él, en mi hermano de armas con quien he mirado la vida de frente, como esos hombres primogéneos que uno al lado del otro miraban en silencio a los mamuts desde la colina. Como esos hombres primogéneos que arrimaban el hombro y las lanzas muertos de miedo para defender a la tribu de los leones que se aproximaban. Ciertamente hay otros hombres con quienes he sobrevivido en esta vida, hombres y mujeres guerreros, que entre cazar mastodontes y criar a los hijos de la tribu, contar historias alrededor del fuego e hilar las ropas del alma que nos protegen de la intemperie, conforman la fuerza de la naturaleza que me permite seguir vivo. Pero hoy pienso en él porque fue su cumpleaños, porque miré a sus hijos ayer y porque cuando la marea nos lleve lejos nos vamos a extrañar infinitamente.
También pienso en mi hermano, con quien no he viajado.
