Hace meses que no tengo coche. Siendo un artista del tercer mundo que se pasa la vida viajando y viviendo en donde se junta la más sublime expresión humana con el hambre no he podido arreglar el pequeño golpe que Caro le dio a nuestro Chevy 1997. Además poco hemos estado en la Ciudad de México este año. Entre el CEDRAM en Pátzcuaro, Nueva York, Japón y los recorridos internos del corazón por los que paseamos, tampoco es que lo hayamos necesitado mucho. Pero lo cierto es que el bichito lleva meses empolvándose en la calle frente a mi puerta.
Es por ello que mi transitar por la ciudad ha cambiado sensiblemente. Se ha hecho más lento, pero infinitamente más interesante. Uso el transporte público todos los días, y veo un paisaje humano verdaderamente rico. Además, caminar en esta ciudad es exponerse a encontrar algunas de las visiones más surreales imaginables. Y como yo he decidido que ya no tengo demasiada prisa, pues me detengo a verlo.
Hoy vi un edificio generoso, que se hacía para atrás en un gesto amable para ofrecernos a todos un jardín. Un jardín muy bien cuidado y amable, pero cancelado, cerrado, vuelto hacia sí mismo, muerto para la mirada y el gozo. Y supe que esa es la contradicción de este pueblo. Que somos amorosos, generosos, abiertos, honestos y claros, pero sólo en el gesto. Nos cerramos al verdadero contacto salvo para aquellos que en verdad viven en el corazón. Somos una contradicción, un vicio de desconfianza nos envenena el alma, y aún así conservamos podado y verde el pasto, los rosales en flor y los naranjos fragantes. Aunque no los habite nadie. Ni siquiera aquellos para quienes lo cuidamos con tanto esmero.
Vaya, hay edificios que ni jardín tienen.

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